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ISSN 1989-4163

NUMERO 79 - ENERO 2017

Aquí se han Llevado los Oasis

Ramón Asquerino

Aquí se han llevado los oasis, también nos los han robado, o se han fugado ellos mismos por miedo a tanta sangre… Pablo de Sotomenor: Inédito

«Actualmente hay en las calles de Melilla casi un centenar de menores desprotegidos lanzándose a poder mal vivir o, lo que es trágico, al mar para pasar a la península y morir de hipotermia»: Diagonal, 21/9/2106, pp.24-25.

Así hasta descubrir la huella de tus ojos,
en donde pienso escarbar hasta los abrazos. De Tarta de Madeira

A mi amiga la profesora Esmeralda Casado, que me sigue leyendo aun sin oasis,  con abrazos de Madeira.

***


Aquí se han llevado los oasis
y nos han quitado hasta la sed,
nos han roto los documentos
a base de preguntas, y la fiebre
se nos baja subiendo escaleras
hasta el tejado de la noche.

Y esta noche de lluvia
39 exiliados sin documentos
quieren libertad para salir,
pretenden una comida digna
y unos papeles para abrigarse
del miedo a ser encerrados
o expulsados al país del sordo dolor.

Aquí les espera el descenso
a las habitaciones de refugiados,
el infierno de las estaciones
con trenes de hipotermias,
la antesala de los golpes,
unos verbos que desconocen
conjugados en su futuro imperfecto.
Son los que escarbaron todo
sin brazos y sin abrazos
 entre los escombros de la huida
bajo el ruido y la furia
los que gritan y nadie les da una esquina,
ni un papel donde escribir su nombre:
 
Nos gritan a voces para maldecir
nuestros nombres y no podemos
escucharlos por el ruido de su rabia;
nos dan una caseta para ladrar
en las noches de luna y armario
donde no guardamos la ropa
que no tenemos y tememos
sus silencios boca a boca.

Las concertinas no traen la música
extremada, sino la sangre de los filos,
en una canción de pie
quebrado con sílabas trabadas
a golpes de hambre y pesadillas;
una estancia de música callada,
sin versos ni habitaciones,
que empieza en la frontera
y se estrella en los fuertes de Europa.

Ahora nadamos en río seco
en el paso de Calais esperando
atravesar el canal de la Mancha
sin un mínimo quijote
que nos defienda del miedo
con el que nos acostamos al frío
cada mañana para sufrir
 más corta el hambre del día.
No sabemos para qué ir al Reino Unido
sino para alejarnos aún más de la angustia
cuyo nombre y apellido
los dibujan los niños desde la escuela
que no tienen más pupitre que su lengua,
despreciada, desechada, despeinada
por este turbión de Europa.
Nos morimos antes de salir
y llegamos rotos sin componernos,
hastiados de tanta agua,
de tanta falsa sed,
de tanto CIE opaco, sin ventanas
que puedan mirar a una esquina
donde comprar un periódico
para no leer más muertos desembarcando.
Se encargan de nosotros más las fotos
que las palabras: nos es imposible
ni gritar dolor en cualquiera
 de todas las lenguas que nos abaten,
leguas de caminatas desnudas.
Y aunque soñemos en alemán,
recemos con nuestra lengua
al cobijo de las almohadas,
bebamos el aire de los muelles,
pisemos andenes vacíos de pañuelos,
supliquemos hambre en los autobuses,
nademos en nada por las calles del mundo
flotamos hasta morir en las fotos.
Porque allí:

Aquí se han llevado los oasis, también nos los han robado, o se han fugado ellos mismos por miedo a tanta sangre

Oasis

 

 

 

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